La masacre de los gigantes

La ballena se relaciona a menudo con el bacalao en la historia de la sobreexplotación de los recursos marinos, teniendo en cuenta que los grandes bancos de Terranova fueron descubiertos a finales del siglo XVI por los balleneros vascos. En efecto, estos habían peinado el Atlántico noroeste buscando nuevas fuentes de cetáceos después de haber eliminado las ballenas del golfo de Vizcaya.

Aparte de este episodio casual, las dos especies no tienen casi nada en común para el hombre. Como las ballenas son mamíferos y no tienen la fecundidad de los peces, el hombre constató bien pronto que la caza podía poner en peligro su supervivencia. A mediados de siglo XIX ya se sabía que los grandes mamíferos marinos estaban amenazados por el hombre, pero se aceptaba con tristeza y fatalidad esta evidencia, como son testigo estas líneas de Michelet1: «Antes se las veía navegando de dos en dos, a veces en grandes familias de diez o doce en las mares solitarias. No había nada tan magnífico como estas grandes flotas, a veces iluminadas por su fosforescencia lanzando columnas de agua de treinta a cuarenta pies que se levantaban en los mares polares. Se acercaban pacíficamente, curiosas, y miraban el barco como un hermano de una nueva especie; encontraban placer, festejaban el recién llegado. Jugaban posándose derechas y volvían a caer con toda su longitud, ruidosamente, y formaban una sima burbujeante. Su franqueza hacía que tocaran el barco con atrevimiento. Confianza imprudente, tan cruelmente engañada! En menos de un siglo, la grande especie que es la ballena ha casi desaparecido».

Probando de entender por qué el hombre eliminó la mega-fauna terrestre muy rápidamente después de haber posado el pie en nuevos continentes o nuevas islas, los biólogos avanzan generalmente el hecho que los grandes animales evolucionaron sin contacto con el hombre y, encarados con este nuevo predador desconocido, se encuentra-vende sin defensa.

Michelet apreció, por su parte, que son sobre todo los vínculos familiares tan fuertes que había entre las ballenas el que las hizo frágiles al encontrar al hombre. En este punto da, por otro lado, una visión muy antropomórfica de las ballenas: «El periodo de gestación de la hembra es de nueve meses [en realidad, de diez a diecisiete meses, según las especies]. La leche de la hembra es un poco dulce, con la tibia dulzura de la leche de mujer […]. La madre amamanta con ternura y, aunque tenga los brazos muy cortos, encuentra la manera, en la tormenta, de proteger el bebé». Para Michelet, los cetáceos son «buenos gigantes» que aparecieron en una época «de gran dulzura y de inocencia» y el vínculo de la madre con la progenie y los vínculos entre las parejas son los elementos que constituyen su punto débil ante el cazador. «Su molestia es grande cuando el pescador feroz las ataca por medio del niño. Arponea al pequeño para atraerlas y las ballenas hacen esfuerzos increíbles para salvarlo, para llevárselo; vuelven a la superficie, se exponen para hacerlo volver a la superficie y hacerlo respirar. Un golpe mortal, todavía lo defienden. A pesar de que pueden sumergirse y escaparse, permanecen a la superficie y en peligro para seguir el cuerpo que flota.

Basándose en estas descripciones dolorosas, Michelet propone una limitación de la caza y de la pesca que no tiene que envidiar nada la que piden hoy en día los biólogos pesqueros. Al contrario de muchos de los primeros ecologistas, Michelet no hace una elección selectiva y se muestra tan preocupado por los peces como por los mamíferos marinos. «A todos, anfibios y peces, les hace falta una estación de reposo: les hace falta una tregua de Dios. La mejor manera de permitirlos multiplicarse es protegerlos en el momento en que se reproducen, a la hora en que la naturaleza cumple su obra de maternidad. Parece que sepan, ellos mismos, que en este momento son sagrados: pierden la timidez, suben a la luz, se acercan a la orilla; parece que se crean seguros de alguna protección […].

Toda vida inocente tiene derecho al momento de felicidad, al momento en que el individuo, aunque parezca de extracción humilde, saliendo del límite estrecho de su yo individual, quiera, más allá de él mismo y por su oscuro deseo, penetrar dentro del infinito donde se tiene que perpetuar». Hizo falta esperar hasta el 1986 para que la Comisión Ballenera Internacional (IWC) decretara una moratoria internacional para reducir fuertemente la caza de todos los grandes cetáceos.

«Los testimonios más antiguos de los comienzos prehistóricos de la caza de la ballena se sitúan a la Asia», escribe Daniel Robineau, profesor del Museo Nacional de Historia Natural de París, a Une histoire de la chasse à la baleine.» Más exactamente, en Corea del Sur, donde numerosos dibujos grabados a las paredes de un acantilado representan grandes cetáceos (ballenas, rorcuales y cachalotes) y escenas de caza. Al yacimiento de Bangudae se atribuye una fecha de entre cinco mil y tres mil años aC, y representa la primera prueba que el hombre ha cazado la ballena durante el periodo aborigen.

Comparados con el yacimiento coreano, los vestigios de la edad del bronce escandinava (entre los años 1800 y 400 aC) son mucho menos explícitos. Los huesos trabajados, las piedras grabadas o los montículos de desechos de comer no permiten de pensar que des poblaciones prehistóricas hayan podido atacar grandes especies, excepto en circunstancias excepcionales», como subraya Daniel Robineau. En efecto, durante mucho de tiempo, los hombres tuvieron que contentarse aprovechando los cetáceos embarrancados a las playas. Estas llegadas debían de ser un acontecimiento providencial, como son testigo las fiestas organizadas todavía no hace mucha en Francia mismo.

El 1917 la encallada de un rorcual boreal en la playa de Bidart, en los Pirineos atlánticos, se celebró como un don de la mar y una parte del animal se repartió por los orfanatos de la región. Hicieron falta quince hombres y un tiro de seis parejas de bueyes por despiezar al animal, que media más de quince metros de largo, y llevárselo a la curtiduría más próxima, como explica Nelson Cazeils a Dix siècles de péche à la baleine,»
una obra muy muy documentada y llena de anécdotas.

Los primeros documentos históricos relacionados con la caza de la ballena se encuentran en el País Vasco y datan del siglo XI. En esta época, una especie de gran cetáceo denominado la ballena de los vascos iba a reproducirse a lo largo de la costa. Como que la hembra adulta es fácil de capturar cuando amamanta el bebé y, una vez muerta, su cuerpo flota, esta caza se fue desarrollando. Los hombres probaban, de primero, divisarlas desde un punto de observación de la costa elevado (una atalaya) y a continuación las hacían embarrancar a los cantos rodados de la playa o las hacían caer en trampas situadas a la orilla, en zonas inter mareales.

Durante la misma época y según el mismo principio, los cetáceos pequeños eran capturados por asociaciones de pescadores normandos que los cercaban con sus embarcaciones y después los asustaban con gritos y ruidos diversos para dirigirlos hacia los cantos rodados o estuario arriba para exterminarlos a golpes de lanza. Los monasterios construidos a la entrada de los ríos tomaban una parte como alimento y para el alumbrado. Una técnica pareciendo se emplea todavía hoy en día en las islas Feroe, archipiélago danés situado al norte de Escocia. Estas técnicas de trampa han subsistido durante muchos años y a menudo sorprenden por la eficacia a la hora de capturar animales pequeños. Hacia el 1875, al estuario del río Sant Llorenç, en un recinto formado por un arte de parada se capturaron quinientas belugas de golpe.

Rápidamente, los vascos aprendieron a cazar las ballenas desde pequeñas embarcaciones mar afuera con arpones de punta dentada y lanzas afiladas, que al ser muy puntiagudas y cortantes por ambos lados penetran profundamente en la carne. Más tarde aportaron una innovación importante al equipar el arpón que les permitía no perder el animal. Luego que la ballena sale a la superficie para respirar, se le lanza el arpón. En este momento es muy peligrosa y muchas embarcaciones fueron hundidas y muchos hombres, aplastados. Se repite el proceso hasta que el animal muere.

Este gran animal tiene muchos puntos débiles que lo convierten en una presa fácil: al cabo de entre cinco y cincuenta minutos de nadar en apnea, el animal tiene que salir a la superficie a respirar y emite un chorro de seis a nuevo metros de altura, fácilmente identificable por marineros atentos. Estos animales nadan lentamente, cosa que facilita alcanzarlos, y los cadáveres (excepto los de los rorcuales) flotan de manera natural en la superficie del agua, cosa que facilita la recuperación y la explotación.

La caza era muy lucrativa. Según los cálculos de Daniel Robineau, la captura de un solo ejemplar proporcionaba un volumen de carne equivalente a treinta bueyes; un volumen de manteca equivalente a la que aportaban trescientos cerdos, del cual se podían extraer nueve mil litros de aceite; una lengua de mil quinientos kilos, una comida muy apreciada en aquel tiempo, y de doscientos cincuenta a trescientos kilos de barbas de ballena con múltiples usos. Muy pronto dejó de haber ballenas al golfo de Vizcaya, de forma que los vascos españoles se tuvieron que sumar a los franceses. La población del gran cetáceo era poco numerosa antes de que empezara la caza: , entre mil doscientos cincuenta y mil ochocientos cincuenta individuos, según las estimaciones de Daniel Robineau.

La extracción no hacía falta que fuera enorme para tener efectos devastadores; la masacre de los machos y las hembras hicieron reducir rápidamente los efectivos. Las dimensiones de las ballenas las convirtieron en verdaderas minas de materias primas orgánicas, explotadas de manera industrial. Actualmente, hemos olvidado que, de la ballena, se aprovechaba todo. Los cetáceos abastecían una cantidad importante de proteínas y de grasas, pero también otras materiales, como por ejemplo barba de ballena, hueso, marfil y cuero. La carne salada se comía incluso durante la Cuaresma, puesto que los cetáceos eran considerados como peces con manteca.

En Inglaterra una comida de marsopas asadas se consideraba un plato real y en Francia, hacia el 1550, la marsopa salada o secada y ahumada era objeto de un comercio importante. La lengua se consideraba una comida exquisita a principios del siglo XVI. El aceite servía para calentar, pero sobre todo para el alumbrado de las villas. Y se necesitaba mucho: el 1769 al menos tres mil quinientos candiles tenían que ser alimentados cada día con óleo de ballena a París. El aceite de cachalote se usaba para lubricar las máquinas que funcionaban a gran velocidad y con mecanismos de alta precisión. Poco antes de la prohibición de la caza los soviéticos todavía usaban en algunas piezas de los proyectiles. Los huesos se empleaban como material de construcción, las barbas, gracias a su resistencia y flexibilidad, se usaron hasta el siglo xix en la fabricación de las varillas de los paraguas y de los corsés. El cuero se reservaba para la manufactura de cinturones, y las tripas secadas eran transformados en cordajes. Muchos productos cosméticos y farmacéuticos derivan de las ballenas. El ámbar gris producido por el cachalote se utilizaba como fijador de perfumes, pero al siglo XVII también se le atribuían propiedades afrodisíacas. De la cera de cachalote se hacían velas. Es un aceite que se encuentra en el cráneo del cachalote en forma líquida y que se solidifica a bajas temperaturas, y permite que el animal gane densidad y se estabilice cuando se sumerge a grandes profundidades.

1. J. Michelet, La mer, París, Gallimard, 1983.

Texto de Una mar sense Peixos, Philippe Curry y Yves Miserey.

 

Imagen: Balleneros vascos en el Ártico. Uno de los 12 dibujos acuarelados pertenecientes al manuscrito de Robert Fotherby que narra la expedición ballenera a Spitzberg organizada por la empresa londinense Muscovy Company en 1613 (colección American Antiquarian Society). Los ingleses contrataron a 24 balleneros vascos para trabajar en la campaña y aprender sus técnicas. Fotherby, agente de la compañía, hizo un relato ilustrado del viaje en el que se muestran con detalle los sistemas de captura y procesamiento de las ballenas.

Imagen: Según explica el texto “una vez muerta la ballena los hombres atan un cabo a la parte posterior de su cuerpo y con sus chalupas amarradas entre sí la remolcan por la cola hasta las naos”.  El manuscrito informa además que para realizar su trabajo los vascos utilizaron sus propias chalupas.

Imagen: Acuarela del manuscrito de R. Fotherby, 1613. Traslado a tierra de los lardos de grasa para ser troceados con ayuda de una grúa de tracción humana. Acuarela del manuscrito de R. Fotherby, 1613.